Una de las semanas más complicadas de los últimos meses está a punto de acabar. He sobrevivido a un trabajo en que el teléfono es indispensable y lo he hecho sin teléfono. El cretino, que se fue por la taza del váter sin despedirse siquiera. He resuelto decenas de problemas en las que no me jugaba la vida, pero sí el orgullo y lo he hecho sin tecnología. Como se hacía en los 90, cuando los guías estaban hechos de otra pasta. Cuando se ganaba dinero y se gastaba a espuertas. En esa era de semidioses en el que la historia se entremezcla con la leyenda, el mito con el chismorreo, y el humo de un tubo de escape defectuoso con la nebulosa de tu propia resaca. Hubo un tiempo, te dicen las viejas glorias, en que siempre comíamos de carta.
Cae el sol a plomo en Zaragoza. El concejal de cultura o quien quiera que se encarga de estas cosas debe de haber pensado que el amor por la lectura es más fuerte que los 35 grados de la una de la tarde en la plaza del Pilar. Que los libros te transportan a lugares mejores, en el que tu alma se aclimata solo con la contemplación de la palabra escrita, lugares más frescos en lo frondoso de un bosque o en el interior de un congelador de carne cualquiera. Puestos a imaginar, vamos a imaginar a lo grande.
Las casetas de la feria del libro se han instalado ordenadamente en la plaza, entre la Oficina de Turismo y el Ayuntamiento. En la distancia los toldos que las cubren y separan tiene un sofocante parecido al hule, que te hacen pensar en gotas de sudor recorriendo tu espina dorsal y en un mar de invernaderos asfixiante que se puede ver desde el espacio. Con todo me acerco. Ha sido una semana malísima.
Mirar libros siempre me ha relajado. Y digo mirar. No comprar. Pero ojear las cubiertas, buscar mapas en las guardas, buscar el libro más gordo, el más apetitoso como si de una tarta de varios pisos se tratase, imaginar que lo de dentro es todavía mejor que lo de fuera… es, ha sido y siempre será el pasatiempo favorito de cualquier lector curioso, pobre y roñoso. Y yo soy, para qué negarlo, las tres cosas a la vez.
Y en esas estoy cuando uno de los dependientes me aborda y me dice que qué tal si compro uno de los libros que tengo en la mano. Que el autor es el joven tímido que se sienta a su lado. Que está empezando y que yo tengo cara de necesitar un libro casi tanto como un abanico. Y se hace el silencio. Yo miro al librero, al escritor, al libro, a mi alrededor y otra vez al libro. El vendedor me devuelve la mirada. Y el escritor no quiere ni mirarme, pero cuando lo hace parece estar pensado: “De verdad, no le hagas caso, son cosas suyas. Yo también estoy aquí porque al sol me derrito”.
- “Es
una novela histórica”- dice para convencerme. "Por supuesto"- pienso. Justo lo que necesita un Licenciado en Historia.
¿Dije ya que había sido una semana horrorosa? Pues me compré el libro. Como premio por haber aguantado lo indecible. Un poco por compromiso y un poco por solidaridad. Un poco para irme de allí con la cabeza alta y un poco para que, al verme con un paquete en las manos, nadie se atrevería a volverme a pedir que me gastara el dinero.
Es curioso como los recuerdos te manipulan y te muestran lo que les viene en gana. Porque he repasado gracias a Internet como fue aquel día de 2019 en Zaragoza y la temperatura no superaba los 20 grados. He buscado fotos de las casetas y no tenían un toldo de plástico sino de una madera muy agradable y fresquita. Y estoy convencida de que aquel joven escritor no me sonrió con timidez, sino con la serenidad de quien está haciendo lo que quiere y se siente orgulloso de ello. Pero lo cierto es que todo me parecía horrible y un libro era precisamente lo que necesitaba para cambiar el chip, para ver las cosas como eran y no como las pensaba.
Leí el libro y joder, cómo me gustó. Pero eso, te lo cuento en otra entrada.
¡Nos leemos!

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