viernes, 31 de enero de 2020

El enigma de Carmen Bastián o cómo hacer con menos más

Haz caso a las recomendaciones de tus amigos. Que por algo son amigos tuyos

Helena Figueroa, una joven y brillante abogada de Granada, fallece en un desafortunado accidente de tráfico. Al entierro asiste Daniel Velazquez, para quien este viaje supone el reencuentro con sus amigos de siempre, con las huellas de una ciudad y una vida que dejó atras e incluso, con el recuerdo de una relación que creía olvidada.
Días después, Daniel recibe un sobre cuyo contenido le hace sospecha que, quizás, el siniestro no ha sido casual y que guarda relación con un enigmático cuadro pintado por Mariano Fortuny.

 
Fue una amiga la que por primera vez me habló de esta novela, escrita por Pablo Casanova y editada por Dauro. De ahí, de esas conversaciones con un café charlando de libros y de otras cosas más prosaicas, surge la curiosidad por esta historia que según sus palabras era, en una palabra, bonita. 

(Merece la pena, decir, que nosotras no usamos el calificativo bonito para nada. Nosotras, cuando algo nos gusta, decimos que es mono, bello, gracioso, atiende que majo, chulo, mítico, épico, molón, gradísimo tía, o te va a encantar. Ya veis, que es más fácil que algo sea supercalifragilisticoespialidoso que bonito, a secas).

Bonito es, no solo aquello que posee cierta belleza, sino que además para nosotras, refiere una belleza delicada, serena, sencilla, sensible o sutil. Dejad que os diga que una vez leído El enigma de Carmen Bastián, he de decir que mi amiga no pudo escoger mejor palabra para describirlo.

El enigma de Carmen Bastián no es ni siquiera un thriller atípico. El misterio sobre la muerte de Helena es poco más que una excusa para rendir algunos homenajes a los que es inevitable sumarse. 

El primero de ellos, al paso del tiempo y a los mejores años de nuestra vida. Todo en El enigma de Carmen Bastian crea una,  veces incómoda y a veces entrañable, sensación de nostalgia. El reencuentro con los amigos (inspirados, no me queda ninguna duda al respecto, en los del autor), con la ciudad que te ha visto crecer y con el amor que no funcionó provoca en el protagonista el sentimiento tremendamente injusto de que muchas cosas han cambiado y no siempre a mejor. Quizá tenía razón Jorge Manrique cuando decía aquello de que "Cualquier tiempo pasado fue mejor", pero también pudiera ser que el recuerdo se blinda en nuestra memoria mostrando solamente los mejores matices. 

El segundo de ellos, a la ciudad donde se desarrollan los hechos. Granada es un personaje más en la historia, que inspira y atormenta como el resto. Es palpable al afecto de Pablo Casanova a su ciudad, y también su amor declarado por las manifestaciones artísticas que la colman. Casanova no describe sus paseos por la ciudad. Nos los sugiere, rellenando de color un escenario tan subjetivo como verdadero.


Carmen Bastián
Mariano Fortuny Marsal

Con estos sencillos ingredientes, (o serenos o delicados o bonitos que diríamos mi amiga y yo) Pablo Casanova construye una novela que es más porque se conforma con ser menos. Estamos ante una novela corta, con una trama bastante simple, con un misterio nada rebuscado, que sabe que sus puntos fuertes no radican en encontrar un culpable, sino en reencontrarse con la inocencia. 

Os animo encarecidísimamente a buscar esta novela, y echarle una ojeada a su primer capítulo. Y ya está. Se vende sola.

Haz caso a tus amigos. Ellos te lo hacen a tí. 
A veces

Publicado en Acumulando Polvo en la Estantería en 22 de Septiembre de 2014

El aeropuerto de Ostende


En el aeropuerto de Ostende, el café tiene un 21% de IVA, un impuesto estándar. El cruasán, un 12%, un IVA reducido. Será, que en Bélgica el café es, si no un producto de lujo, por lo menos algo no necesario, no vital, no imprescindible. Como las compresas en España. Quiza porque el café viene de Colombia y porque aquí son más de tomar la leche con leche. 
 
El cruasan de mantequilla es, en cambio, de primera necesidad. Hay que darle salida a la mantequilla holandesa. Es una cuestión de nacionalismo, afinidad cultural y lingüística. El café es un lujo. Y si dices expresó con acento en la O, es además un lujo francés y católico. Un lujo asqueroso.

El aeropuerto de Ostende tiene 8 mostradores para facturar. La mitad de ellos están cerrados. Tiene dos cintas para pasar el control de seguridad. Tiene cuatro puertas de embarque. Tiene una cafetería y un puñado de mesas. 

Hay estaciones de autobuses más grandes que el aeropuerto de Ostende. Hay Primarks más grandes que el aeropuerto de Ostende. Desgraciadamente hay primarks muy grandes y con mucha gente… 



En la cafetería del aeropuerto de Ostende no venden agua ni refrescos. Te los compras en la máquina porque la máquina cabe en el aeropuerto de Ostende pero no cabe en la cafetería del aeropuerto de Ostende. Por eso está en el pasillo del aeropuerto de Ostende. Entre el control de seguridad y la puerta de embarque. Ese es el punto crítico, el punto exacto, donde si no vas con cuidado te despistas y te sales a Ostende otra vez.

Desde hace dos horas, anuncian por megafonía que los pasajeros que han facturado para su vuelo a Alicante deben dirigirse rápidamente al control de seguridad y a las puertas de embarque. No vaya a ser que se pierdan por el camino. En los grandes aeropuertos hay una fuerza que atrae a los viajantes de un escaparate a otro, de comercio en comercio, hasta que sin darse cuenta, sin saber cómo, han recorrido los, a veces, cientos de metros que les separan de su puerta de embarque. Pero aquí, aquí la misma fuerza te impide moverte de tu asiento. No es centrífuga. Es la otra. Ves la meta tan cerca, pero tan cerca, que confias en tus posibilidades y tu buen estado físico para recorrer los 10 metros que te separan de la puerta. Pero no te confies.


Y eso es todo lo que tengo que decir del aeropuerto de Ostende.

Ocho de Junio de 2019

Una de las semanas más complicadas de los últimos meses está a punto de acabar. He sobrevivido a un trabajo en que el teléfono es indispe...